Sobre

El paciente, antes que el procedimiento.

Franco Teevin - Retrato

El origen

Crecí dentro de la medicina. Mi padre, también dermatólogo, ejerce desde 1970; desde niño lo acompañé a la consulta, vi cómo examinaba, cómo preguntaba, cómo miraba a quien tenía enfrente. Mi madre es psicóloga, y de ella aprendí algo que entonces no sabía nombrar: que escuchar es un trabajo, que detrás de lo que alguien dice suele haber algo que todavía no encuentra cómo decir.

Crecí también en una tradición que concede a la palabra y al cuidado del otro un valor central. No lo pensé como vocación en su momento. Simplemente fue el terreno en el que me formé, antes de elegir formarme en él.

La insuficiencia de lo establecido

Al terminar la facultad encontré pronto un límite. Los diez o quince minutos que la consulta convencional concede a cada paciente me resultaban insuficientes para hacer bien lo que entiendo como el primer trabajo del médico: entender a quién tengo delante. No solo el síntoma, sino la persona —su historia, su momento, lo que el cuerpo expresa antes de que el paciente lo formule.

Eso me llevó a estudiar más allá de mi formación inicial. Medicina regenerativa. Osteopatía. Medicina física y rehabilitación. Medicina de longevidad. No las busqué como una colección de títulos, sino porque cada una me daba una herramienta que las anteriores no terminaban de ofrecerme para tratar al paciente de manera más completa.

La escucha

Con los años fui dándole cada vez más importancia a algo que no se aprende en ningún programa: escuchar bien. Tomarse el tiempo, prestar atención real, dejar que el paciente diga lo que pocas veces tiene ocasión de decir. No es una técnica complementaria ni un gesto de amabilidad: es parte del trabajo clínico, y una de las cosas que la medicina actual, por falta de tiempo, ha ido dejando de lado.

No creo que sea un don. Es un oficio que se cultiva, paciente a paciente. Y es, probablemente, lo que más me interesa transmitir a otros médicos.

Lo que la práctica me enseñó

Lo que sé no lo aprendí solo en los libros. Lo aprendí ejerciendo. Con los años fui comprobando algo que hoy me parece evidente: que el estado anímico del paciente, su contexto, lo que carga más allá del motivo de consulta, influyen en cómo evoluciona. Un cuadro leído en su contexto completo responde mejor que un síntoma tratado de forma aislada.

No es una idea nueva en medicina. Pero es fácil de olvidar. Atender a la persona, y no solo a la lesión, mejora los resultados. Esa convicción —simple de enunciar, difícil de sostener en la práctica diaria— es la que organiza mi manera de trabajar.

El Libro

Escribí Coherencia Estética después de casi veinte años de ejercicio. No salió de la teoría: salió de los pacientes. De entender que la dermatología y la estética —las disciplinas que solemos asociar con la superficie— eran, justamente, el lugar donde podía formular un método que ya venía practicando: comprender antes de intervenir, regular antes de refinar.

Un paciente, leyéndolo, me devolvió algo que yo no había sabido decir de mí mismo:

«Eso que describes ahí no lo haces solo en estética. Lo haces todo el tiempo. Cuando nos escuchas. Cuando nos haces sentir que nuestra opinión importa. Cuando nos das paz.»

Tenía razón. Las cuatro operaciones del método —comprender, regular, regenerar, refinar— no son exclusivas de la medicina estética. Son una forma de ejercer la medicina. La forma en que me gustaría que atendieran a cualquier persona que quiero, cuando necesite que un médico la cuide.

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La práctica hoy

Hoy atiendo en Lima, en una práctica deliberadamente pequeña: una sola sede, consultas largas, una persona a la vez. La mayoría de quienes llegan lo hacen por el libro o por la recomendación de otro paciente. Es la consecuencia natural de una manera de trabajar que no busca volumen, sino profundidad.

Sigo escribiendo. No por completar una obra, sino porque cada año de práctica me devuelve preguntas que el libro anterior dejó abiertas.

"Siempre siento que falta algo más por dar."